ANAM CARA: Cap. 7

 

sabiduriaceltaLa naturaleza sagrada de la intimidad

Nuestra cultura está obsesionada por el concepto de relación. Todo el mundo habla de ello.

Es un tema constante en la televisión, el cine y los medios de información. La tecnología y los medios no unen el mundo. Pretenden crear un mundo unido por redeselectrónicas, pero en realidad sólo ofrecen un mundo simulado de sombras.

Por eso nuestro mundo humano se vuelve más anónimo y solitario. En un mundo donde el ordenador reemplaza el encuentro entre seres humanos y la psicología reemplaza a la religión, no es casual que exista semejante obsesión por las relaciones.

Desgraciadamente, el término mismo se ha convertido en un centro vacío en torno del cual nuestra sed solitaria anda hurgando en busca de calor y comunión. El lenguaje público de la intimidad es en gran medida hueco y sus repeticiones incesantes suelen delatar la falta total de aquélla.

La verdadera intimidad es una vivencia sagrada.

Jamás exhibe su confianza y comunión secretas ante el ojo escopófilo de una cultura de neón. La intimidad verdadera es propia del alma, y el alma es discreta.

La Biblia dice que nadie puede vivir después de ver a Dios. Extrapolando esto,podría decirse que nadie puede vivir después de verse a sí mismo.

A lo sumo se puede intuir la propia alma. Se pueden vislumbrar su luz, colores y contornos.

Experimentar la inspiración de sus posibilidades y la maravilla de sus misterios. En la tradición celta, y en especial en la lengua gaélica, existe una fina intuición de que el acercamiento a otra persona debe encarnar un acto sagrado. En gaélico no existe nuestro «hola».

Cuando uno se encuentra con otro, se intercambian bendiciones. Uno dice:
Día dhuit,
«Dios sea contigo». El otro responde:
Día is Muire dhuit,
«Dios y María sean contigo».

Cuando se separan, uno dice:

Go gcumhdai Dia thu,
«Que Dios venga en tu ayuda», o
Gogcoinne Día thu,
«Dios te guarde».

El rito del encuentro comienza y termina con bendiciones.

A lo largo de una conversación en gaélico se reconoce explícitamente la presencia divina en el otro.

Este reconocimiento también está plasmado en antiguos dichos, tales como «la mano del forastero es la mano de Dios».

La llegada del forastero no es casual; trae un don y un esclarecimiento particulares.

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